Nuestra compañera del departamento de Lengua vuelve a mandarnos unos interesantes relatos, fruto de la imaginación de sus alumnos y alumnas:
EL SONIDO DE LA LIBERTAD
Alicia
Cortés
Sentado
sobre la fría roca, observando la libertad de las olas, seguía el
repiqueteo que sonaba en su cabeza, marcándolo con el pie. El mar se
abría ante él como una extensión viva, incansable, y el sol, aún
bajo, lo cubría todo con una luz dorada que parecía prometer algo
más allá de lo visible. El viento le rozaba la piel con suavidad,
como si quisiera empujarlo, sin tocarlo del todo. Desde allí, el
mundo parecía inmenso y sencillo al mismo tiempo.
No
estaba solo. A su alrededor, otros niños y niñas ocupaban las
rocas, el suelo irregular, los pequeños salientes del acantilado. No
habían llegado juntos, pero ahora formaban parte de un grupo
compacto. Nadie hablaba, no hacía falta. Bastaba con mirarse de vez
en cuando, con sentir la presencia del otro, para saber que
compartían el mismo impulso. Algo los había llevado hasta allí,
algo difícil de explicar y fácil de sentir.
Antes
de alcanzar aquel borde, habían atravesado el otro paisaje: un campo
abierto y luminoso, cubierto de hierba alta que se mecía con el
viento. Allí, el mundo parecía más blando, más amable. Los pasos
se hundían en la tierra y los cuerpos avanzaban sin esfuerzo. El
cielo, amplio y cercano, como un techo protector. A medida que
caminaban, se iban sumando más niños, que aparecían por las
colinas, por detrás de las rocas, como si el propio camino o el
paisaje los estuviera reuniendo.
El
terreno, después, cambió de forma casi imperceptible al principio:
la hierba fue adelgazando bajo sus pies, perdiendo suavidad, hasta
desaparecer por completo. El suelo se volvió duro, irregular,
cubierto de pequeñas piedras que obligaban a mirar bien dónde se
pisaba. El viento ya no acariciaba, empujaba, soplaba fuertemente,
levantando polvo y enfriando la piel; y el cielo parecía haberse
alejado. Aún así, nadie se detuvo. Ahora el grupo avanzaba con más
rapidez, impulsado por una urgencia que no nacía del miedo, sino de
la certeza de que algo les esperaba.
Los
pasos se hicieron más rápidos, más desordenados. Ya no caminaban
al mismo ritmo: corrían. El aire entraba en los pulmones frío y
fuerte y el corazón les latía violentamente, pero no había
cansancio. Sus cuerpos se movían ligeros, casi ingrávidos como si
el propio terreno los impulsara hacia adelante. Reían sin darse
cuenta, no por diversión, sino por una alegría incontenible, una
sensación de libertad que crecía a cada paso y que hacía que todo
lo demás perdiera importancia.
El
acantilado apareció de pronto, sin aviso. Limpio, abrupto,
definitivo. El borde marcaba una línea clara y precisa entre la
tierra firme y el aire abierto, entre lo conocido y lo que aún no
tenía forma. Desde allí arriba, el mar se extendía inmenso,
reflejando la luz del sol, que ya estaba alto y brillaba con una
intensidad casi cegadora. La claridad lo llenaba todo, borrando
sombras y suavizando los contornos del mundo.
Los
niños se acercaron al borde sin detenerse, como si aquel límite no
fuera un obstáculo, sino un destino. El vacío se abría ante ellos
profundo y silencioso. Esto no les produjo ningún miedo. Al
contrario, una extraña calma casi sagrada se apoderó del grupo.
Allí, en ese punto exacto en el que la tierra terminaba, todo
parecía encajar. No había dudas ni preguntas, solo una comprensión
intuitiva de que aquel era el lugar al que debían llegar desde el
principio.
Uno
tras otro comenzaron a saltar. No caían al mar. El aire los sostenía
con suavidad, como si los conociera, como si siempre hubiera esperado
ese gesto sencillo y absoluto. Sus cuerpos se lanzaban hacia la luz,
atravesándola, fundiéndose con ella durante un instante que parecía
eterno. En ese momento no había huida ni sacrificio. Tampoco
imprudencia. Era una entrega completa, una aceptación tranquila de
lo que vendría después.
El
niño más pequeño llegó el último. Se quedó unos segundos atrás,
con los pies firmes sobre la roca, observando cómo los demás
desaparecían en el aire. El viento golpeaba su pecho; el sol le
obligaba a entrecerrar los ojos. Dudó. No porque no quisiera saltar,
sino porque comprendía el peso de aquel gesto. Durante un instante
el mundo pareció quedarse quieto.
Finalmente
se lanzó. Su salto no fue perfecto ni ligero, más bien torpe y
sincero, con el impulso más del corazón que el del cuerpo. No buscó
seguridad ni elegancia. Simplemente confió.
El
sol lo bañaba todo de una calidez casi irreal. El campo, las piedras
apiladas y el borde del acantilado quedaban unidos por un mismo
recorrido invisible. No había final ni respuesta, solo un movimiento
constante hacia adelante.
En
aquel salto no seguía la inocencia, se transformaba y, mientras, el
mundo seguía girando bajo la luz, la libertad brillaba como algo
simple y verdadero: el valor de quienes se atrevieran a seguirla.
4º
ESO A
Siles,
25-26
LA LIBERTAD DE UN SUEÑO
Marta
García Serrano
Nos
situamos en un pueblecito de la costa italiana, en los años 1.900,
donde los niños estaban obligados por la sociedad, o por sus propias
familias, a seguir unas normas estrictas. No podían, pues, ser ellos
mismos.
Un
día, en clase, la maestra comenzó a hablarles de cosas importantes,
sobre la libertad y sobre cómo cada persona debería poder elegir su
propio camino. Mientras todos escuchaban, un niño rubio de ojos
azules llamado Enzo se quedó absorto mirando por la ventana.
Apoyaba la cabeza en la mano y observaba el mar a lo lejos.
Desde
ese momento, Enzo no pudo dejar de pensar en lo que había intentado
transmitir la maestra. Empezó a imaginarse cómo sería esa vida sin
reglas, sin horarios y sin adultos diciéndole lo que tenía que
hacer. Pensó en un lugar abierto, en mitad de la naturaleza, donde
pudiera ser libre y hacer lo que deseara sin ser juzgado. Para él,
ese mar que veía desde ventana de clase representaba todo eso.
Esa
tarde, después del colegio, salió a caminar solo por un campo hasta
llegar a un prado con vistas al mar. Se sentó en la orilla y siguió
dándole vueltas a estas ideas. Enzo se dio cuenta de que ya era
tarde y decidió irse a casa. De camino a casa seguía pensando tanto
en estos asuntos que imaginó una película en su cabeza: se imaginó
ese mismo prado, pero en él no había nadie, era casi perfecto. En
su película Enzo siguió caminando y, mientras tanto, otros niños y
niñas se le unían en su paseo, como si todos quisieran escapar del
mismo sitio. Cada niño llevaba un objeto que le representaba o a
algunas de sus aficiones: Enzo llevaba un precioso tambor, una niña
llevaba una careta de lobo, otro chico pelirrojo, pálido y con
pecas, tenía atado al cuello un pañuelo rojo, como los vaqueros del
Oeste… En su mente, cada uno se unía a Enzo porque también
estaban hartos del colegio, de la casa o de sentirse controlados.
Imaginó
Enzo que todos cruzaban prados y caminos de tierra. Algunos chicos
reían, otros iban en silencio, pero ninguno se quedaba atrás, como
si hubiera algo que les guiase, como si tuvieran un objetivo que aún
desconocían. Sentían que cuanto más caminaban, más lejos se
encontraban de la normalidad de sus vidas.
Finalmente,
en la película mental de Enzo, todos llegaron a una colina muy alta.
Desde allí se divisaba todo pequeñito: las casas, las calles y,
bajo el abismo, el inmenso mar. Los niños comenzaron a correr y a
empujarse jugando. Enzo sentía que por fin estaba en el lugar que
siempre había anhelado, en el que nadie podría decirles que
pararan.
Entonces
la colina dejó de ser solo una montaña. En su imaginación se
transformó en el límite entre su vida real y la vida deseada. Se
acercó al borde del abismo y miró hacia abajo. Sus amigos hicieron
lo mismo. No tenían miedo.
Saltaron
uno a uno. Pero no caían por el precipicio sino que flotaban,
volaban como pájaros majestuosos. Era su forma de escapar: esta
película, esta fantasía, aunque supiera que no era real.
De
pronto, Enzo despertó del sueño. Todo desapareció: campos, niños,
colinas, acantilados. Solo quedó el quieto con el corazón latiendo
rápido, muy rápido.
No
sabía si algún día conseguiría esa libertad o si todo se quedaría
en un sueño. Caminó de regreso hacia su casa sin decir nada, pero,
antes de entrar en ella, volvió a ver el mar de su sueño. Y,
mientras lo miraba, pensó que quizá ese lugar podría estar fuera…
O tal vez tendría que aprender a encontrarlo por sí mismo.
4º
ESO
Siles,
25-26
NINGUNO QUIERE QUEDARSE ATRÁS.
NINGUNO QUIERO IR SOLO
Hugo
Ortega
Cuando
vi el vídeo de Glósoli del grupo islandés Sigur Ros, lo primero
que pensé fue que era raro. Desde el principio vemos a un niño
caminando solo por el campo mientras toca un tambor. No se explica
quién es ni a dónde va. Poco a poco, otros niños y niñas se le
van uniendo y empiezan a caminar todos juntos. No hablan entre ellos,
pero parece que saben que tienen que seguir el mismo camino.
El
lugar en el que se encuentran me llamó mucho la atención porque era
un espacio natural muy grande y tranquilo, con campos y colinas. No
había personas adultas y poquísimas casas. A mí me dio la
sensación de que estaban solos, como si no existiera nadie más en
ese mundo. Todo parece un poco extraño, como si fuera un sueño o
algo así. La historia que nos relata el vídeo transcurre muy
despacio y eso te transmite calma y sosiego, pero también algo de
confusión. Así son los sueños, creo.
Durante
casi todo el vídeo los niños solo caminan. No hacen nada especial y
no ocurre nada que sea muy claro. A veces parece que no está pasando
nada, pero, al mismo tiempo, se siente que van hacia algún lugar
importante. Yo no comprendí bien a dónde se dirigían ni por qué y
eso me hizo pensar mientras lo veía. La música comenzaba muy suave
y tranquila, por lo que el videoclip me resultó relajante, aunque
también sembró dudas en mi mente.
A
medida que van caminando, se van uniendo más niñas y niños al
grupo. Nadie se separa y todos caminan juntos. Me dio la sensación
de que confiaban unos en otros, aunque no se conocieran. Ninguno
quiere quedarse atrás y ninguno quiere ir solo. Yo pensé que quizá
esta historia nos quiere mostrar que es mejor avanzar acompañado que
solo, aunque no estoy seguro.
Cuando
el videoclip está llegando al final, todos los niños llegar a un
lugar muy elevado: un acantilado alto desde el que se contemplaba el
mar, como un abismo azul. En ese momento, la música cambia y se
vuelve mucho más fuerte y contundente. Los niños comienzan a correr
todos juntos. Eso me hizo sentir un poco nervioso porque no sabía
qué iba a ocurrir. De repente, todos saltan el acantilado al mismo
tiempo.
Aunque
este final puede parecer triste o peligroso, yo no lo sentí así.
Para mí fue más una sensación de libertad, como si los chicos no
tuvieran miedo a nada y se dejaran llevar por el viento, como los
pájaros. El hecho de que saltasen todos juntos hizo que reflexionara
sobre que lo importante para ellos era estar unidos hasta el final,
pasase lo que pasase.
En
general, el vídeo no es fácil de entender, es ambiguo y no tiene
una historia clara ni un final cerrado. A mí me pareció diferente a
otros vídeos musicales que suelo ver. Aun así, me provocó muchas
sensaciones: calma, unión y un poco de misterio. Aunque no entendí
todo, me pareció interesante porque te hace pensar y sentir cosas
sin explicarlas del todo, dejando que cada cual las interprete a su
manera. Por eso creo que es un buen vídeo para comentar y analizar
en clase.
EL ECO DEL TAMBOR
Estaba
amaneciendo cuando Anna oyó el tambor por primera vez. El sonido
profundo retumbó en las paredes de la cueva donde ella reposaba,
adormilada. Unos palos carbonizados yacían a sus pies, un intento
fallido de iniciar un fuego para combatir al despiadado frío. El
olor a humo llenaba la cueva, pero no fue eso lo que despertó a
Anna. Tampoco fueron sus dedos congelado, ni su espalda dolorida por
estar tumbada en el suelo de piedra. Lo que la llevó a levantarse
fue aquel sonido, desconcertante y consolador a la vez. Anna se puso
de pie lentamente, aprensiva, con el corazón desbocado. Las piernas
le temblaban, pero estaba segura de si se debía al frío o al miedo
que se estaba apoderando de ella. El sonido del tambor se volvió a
escuchar, esta vez más cerca.
Anna
frunció el ceño ¿Quién estaría lo bastante loco para alejarse
tanto del pueblo? Era verdad que ella lo había hecho, pero tenía
sus razones.
Anna
agarró su máscara de zorro -un regalo de su abuela- y avanzó
lentamente hacia la boca de la cueva. El miedo aún le apretaba el
pecho, pero la curiosidad la empujó hasta que se encontró fuera de
su escondite. El aire congelado le golpeó el rostro, y Anna sitió
cómo le empezaban a arder las orejas. Sus ojos inquietos tardaron
unos segundos en adaptarse al mar de luz que inundaba sus sentidos.
Fue entonces cuando Anna se dio cuenta de que había nevado durante
la noche.
Los
árboles del bosque que se extendía delante de ella tenían las
esbeltas ramas manchadas de blanco, y una gruesa capa de nieve cubría
el suelo. El cielo era de un azul brillante, sereno y sin nubes. Los
reflejos del sol bailaban en la nieve, que relucía como si
estuvieran incrustados en ella pequeños diamantes. El bosque parecía
sacado de un cuento de hadas. Anna, deslumbrada ante la vista, dio un
paso al frente casi inconscientemente, pero se detuvo al darse cuenta
de que no estaba sola. Un niño estaba de pie en el claro del bosque,
mirándola fijamente. Era pálido como la nieve, con el pelo rizado y
ojos claros. Ojos que en ese instante observaban a Anna con
curiosidad.
El
niño llevaba un tambor en la mano. Era un instrumento precioso, de
un marrón suave con detalles dorados. Tenía pinta de pesar mucho,
pero el niño lo sujetaba como si estuviera hecho de plumas. A Anna
le dio la sensación de que se había parado el tiempo. Pasaron unos
segundos en silencio, hasta que el niño levantó la mano y volvió a
hacer sonar el tambor. El sonido profundo llenó el bosque, un eco
anhelante que hizo que se le erizaran los pelos a Anna. Se acercó
lentamente, curiosa una vez más. Entonces el niño le sonrió, y
Anna supo que lo seguiría hasta el fin del mundo.
Noche
y día caminaron, el sonido del tambor siempre marcando sus pasos.
Más y más niños se les unían: altos y bajos, rubios y morenos.
Siguieron avanzando hasta que llegaron a unos acantilados rocosos que
daban al mar. A lo lejos una pequeña isla era visible, una m ancha
marrón rodeada de azul casi negro. Al llegar al borde del
acantilado, el niño rubio dejó de tocar el tambor. Se giró para
contemplar al resto de los niños, sus ojos azules llenos de vida.
Anna contuvo el aliento. El niño colocó el tambor en el suelo con
cuidado. Sus rizos bailaban con el viento mientras se volvió para
mirar las olas desde el acantilado una última vez. Saltó al vacío.
Y, a pesar de todo, voló.
Clara
Herreros García
SOL BRILLANTE
Ángela
García Aguirre
Pasó
mucho tiempo de soledad frente al mar hasta que el pequeño
tamborilero se levantó, decidido, y comenzó a andar, movido por ese
repiqueteo que sonaba en su cabeza con un ritmo constante y
abrumador.
Mientras
avanzaba siguiendo ese sonido, a su alrededor la naturaleza parecía
encogerse. Las colinas escarpadas, la hierba alta, las rocas
puntiagudas y la niebla que le rodeaba le permitían encontrar entres
sus escondites a numerosos chicos y chicas que, como él, eran
movidos por la melodía, siguiendo los pasos del tamborilero, sin ni
siquiera dudar por un momento de lo que estaban haciendo. Los niños,
que parecían totalmente adaptados y camuflados con su entorno,
caminaron junto al muchacho.
No
importaba el origen, la apariencia o el comportamiento de los chicos.
Todos andaban esperando ser guiados hacia un nuevo hogar exótico y
agradable.
Al
comienzo de toda esta loca expedición, el tamborilero había mirado
a su alrededor, sintiendo aún esa sensación de vacío y soledad.
Tan pronto como divisó a algunas de las chicas, se percató de que
ellas, al igual que nuestro protagonista, oían la melodía y estaban
dispuestas a emprender la misma aventura.
Durante
el tiempo que compartieron juntos aprendieron sobre la amistad, el
compañerismo e, incluso, el amor.
Cruzaron
largos caminos, valles y llanuras hasta que, finalmente, llegaron a
una carretera que desprendía la sensación de no haber conocido
ningún rasgo de humanidad en mucho tiempo. El terreno era rocoso y
oscuro, generaba un ambiente de misterio y expectación, como si la
tierra y las verdes montañas supieran que algo extraño estaba a
punto de suceder, pero no pudieran decir con exactitud de qué se
trataba. Lo que tenían seguro es que el pequeño tamborilero y el
séquito de niños extravagantes y diversos que lo acompañaban tenía
algo que ver con su premonición.
Las
chicas y los chicos lograron atravesar una zona roca e inmensa: las
piedras eran de tonos azules y verdes, lo que creaba un ambiente
remoto y acogedor. Entre las rocas irregulares, llenas de grietas,
salientes y sombras, decidieron pasar la noche junto a un pequeño
que dormía entre ellas.
Cuando
el sol se alzó al día siguiente, retomaron su camino entre las
montañas. Al ver un gran acantilado, el tamborilero frenó en seco
y, después de un silencio que se podía morder, comenzó a marcar un
ritmo rápido y constante con su tambor.
La
música pronto cesó y el grupo de aventureros salió corriendo en
dirección al abismo, saltando sin miedo por encima del mar,
alcanzando a las aves y convirtiéndose casi en una más de ellas
para volar lejos.