jueves, 2 de julio de 2026

Musa sin trenzas

 Nuevas colaboraciones (en este caso, poéticas) del alumnado de Antonia Martínez:

 

    

Mi miedo me llama al vacío

Juan Muñoz Muñoz

4 ESO

Me da miedo el futuro,

esa bestia sin rostro

que respira detrás de cada amanecer.

Me da miedo fallar,

romperme en el intento de ser alguien

que ni siquiera deseo ser.



Me da mielo el estudio,

sus páginas frías,

la idea de vivir para entender el mundo

y no entenderme jamás.



Me da miedo mi casa,

las voces que deberían abrazar

y solo saben doler.

Me da miedo el amor de mis padres,

que pesa como una cadena disfrazada de cuidados,

y el silencio que deja su desaprobación.



Me da miedo mi reflejo,

esa sombra que me observa

Con ojos de derrota anticipada.

Me da miedo no gozar los restos del día,

porque todo placer

se pudre en las manos del miedo.



Me da miedo partir

y dejar pedazos de mí en cada despedida.

Me da miedo quedarme

y ver cómo me marchito

en la quietud de lo vivido.



Me da miedo mi mente,

sus grietas, sus susurros,

la forma en que se deshace mi nombre

cuando intento recordarme.



Me da miedo que mis padres no vean

la verdad que arde en mi piel

y que mi esencia,

ese leve temblor de ser distinto,

nunca encuentre dónde respirar



Y, así, me pierdo.

entre miedos que se enredan como raíces

bajo una tierra estéril,

sin aire, sin destino.



Y lo más triste,

lo más insoportablemente humano

es saberlo todo:

que el miedo me devora,

que el tiempo se me escapa

y, aun así, seguir quieto

dejando que el vacío me nombre.



Siles, curso 2025/2026

 

 

TENGO MIEDO A

Le tengo miedo a la fría y oscura noche,

a la soledad,

a que me rechacen por cómo soy,

a tener que contar a la gente que quiero mis problemas

y que no me hagan caso.

Temo que los demás se rían cuando hablo u opino.

Temo volver a sentirme mal,

si, a quienes quiero, me rechazan.



Tengo miedo a que me consuma el miedo,

a no vivir en libertad,

a pensar en mi futuro y no verme.

Tengo miedo de ser juzgado por algo que no he hecho,

a tener que ocultar cómo soy por no decepcionar a los demás;

a que la gente ya no confíe en mí,

al odio, a la guerra.

A tenerle miedo a la vida,

al acoso.

Óscar Juárez López 2º ESO

Siles 25/26











 

 

Relatos del alumnado de Antonia Martínez

   Nuestra compañera del departamento de Lengua vuelve a mandarnos unos interesantes relatos, fruto de la imaginación de sus alumnos y alumnas:

 

 

EL SONIDO DE LA LIBERTAD

Alicia Cortés

Sentado sobre la fría roca, observando la libertad de las olas, seguía el repiqueteo que sonaba en su cabeza, marcándolo con el pie. El mar se abría ante él como una extensión viva, incansable, y el sol, aún bajo, lo cubría todo con una luz dorada que parecía prometer algo más allá de lo visible. El viento le rozaba la piel con suavidad, como si quisiera empujarlo, sin tocarlo del todo. Desde allí, el mundo parecía inmenso y sencillo al mismo tiempo.

No estaba solo. A su alrededor, otros niños y niñas ocupaban las rocas, el suelo irregular, los pequeños salientes del acantilado. No habían llegado juntos, pero ahora formaban parte de un grupo compacto. Nadie hablaba, no hacía falta. Bastaba con mirarse de vez en cuando, con sentir la presencia del otro, para saber que compartían el mismo impulso. Algo los había llevado hasta allí, algo difícil de explicar y fácil de sentir.

Antes de alcanzar aquel borde, habían atravesado el otro paisaje: un campo abierto y luminoso, cubierto de hierba alta que se mecía con el viento. Allí, el mundo parecía más blando, más amable. Los pasos se hundían en la tierra y los cuerpos avanzaban sin esfuerzo. El cielo, amplio y cercano, como un techo protector. A medida que caminaban, se iban sumando más niños, que aparecían por las colinas, por detrás de las rocas, como si el propio camino o el paisaje los estuviera reuniendo.

El terreno, después, cambió de forma casi imperceptible al principio: la hierba fue adelgazando bajo sus pies, perdiendo suavidad, hasta desaparecer por completo. El suelo se volvió duro, irregular, cubierto de pequeñas piedras que obligaban a mirar bien dónde se pisaba. El viento ya no acariciaba, empujaba, soplaba fuertemente, levantando polvo y enfriando la piel; y el cielo parecía haberse alejado. Aún así, nadie se detuvo. Ahora el grupo avanzaba con más rapidez, impulsado por una urgencia que no nacía del miedo, sino de la certeza de que algo les esperaba.

Los pasos se hicieron más rápidos, más desordenados. Ya no caminaban al mismo ritmo: corrían. El aire entraba en los pulmones frío y fuerte y el corazón les latía violentamente, pero no había cansancio. Sus cuerpos se movían ligeros, casi ingrávidos como si el propio terreno los impulsara hacia adelante. Reían sin darse cuenta, no por diversión, sino por una alegría incontenible, una sensación de libertad que crecía a cada paso y que hacía que todo lo demás perdiera importancia.

El acantilado apareció de pronto, sin aviso. Limpio, abrupto, definitivo. El borde marcaba una línea clara y precisa entre la tierra firme y el aire abierto, entre lo conocido y lo que aún no tenía forma. Desde allí arriba, el mar se extendía inmenso, reflejando la luz del sol, que ya estaba alto y brillaba con una intensidad casi cegadora. La claridad lo llenaba todo, borrando sombras y suavizando los contornos del mundo.

Los niños se acercaron al borde sin detenerse, como si aquel límite no fuera un obstáculo, sino un destino. El vacío se abría ante ellos profundo y silencioso. Esto no les produjo ningún miedo. Al contrario, una extraña calma casi sagrada se apoderó del grupo. Allí, en ese punto exacto en el que la tierra terminaba, todo parecía encajar. No había dudas ni preguntas, solo una comprensión intuitiva de que aquel era el lugar al que debían llegar desde el principio.

Uno tras otro comenzaron a saltar. No caían al mar. El aire los sostenía con suavidad, como si los conociera, como si siempre hubiera esperado ese gesto sencillo y absoluto. Sus cuerpos se lanzaban hacia la luz, atravesándola, fundiéndose con ella durante un instante que parecía eterno. En ese momento no había huida ni sacrificio. Tampoco imprudencia. Era una entrega completa, una aceptación tranquila de lo que vendría después.

El niño más pequeño llegó el último. Se quedó unos segundos atrás, con los pies firmes sobre la roca, observando cómo los demás desaparecían en el aire. El viento golpeaba su pecho; el sol le obligaba a entrecerrar los ojos. Dudó. No porque no quisiera saltar, sino porque comprendía el peso de aquel gesto. Durante un instante el mundo pareció quedarse quieto.

Finalmente se lanzó. Su salto no fue perfecto ni ligero, más bien torpe y sincero, con el impulso más del corazón que el del cuerpo. No buscó seguridad ni elegancia. Simplemente confió.

El sol lo bañaba todo de una calidez casi irreal. El campo, las piedras apiladas y el borde del acantilado quedaban unidos por un mismo recorrido invisible. No había final ni respuesta, solo un movimiento constante hacia adelante.

En aquel salto no seguía la inocencia, se transformaba y, mientras, el mundo seguía girando bajo la luz, la libertad brillaba como algo simple y verdadero: el valor de quienes se atrevieran a seguirla.

4º ESO A

Siles, 25-26

   

LA LIBERTAD DE UN SUEÑO

Marta García Serrano

Nos situamos en un pueblecito de la costa italiana, en los años 1.900, donde los niños estaban obligados por la sociedad, o por sus propias familias, a seguir unas normas estrictas. No podían, pues, ser ellos mismos.

Un día, en clase, la maestra comenzó a hablarles de cosas importantes, sobre la libertad y sobre cómo cada persona debería poder elegir su propio camino. Mientras todos escuchaban, un niño rubio de ojos azules llamado Enzo se quedó absorto mirando por la ventana. Apoyaba la cabeza en la mano y observaba el mar a lo lejos.

Desde ese momento, Enzo no pudo dejar de pensar en lo que había intentado transmitir la maestra. Empezó a imaginarse cómo sería esa vida sin reglas, sin horarios y sin adultos diciéndole lo que tenía que hacer. Pensó en un lugar abierto, en mitad de la naturaleza, donde pudiera ser libre y hacer lo que deseara sin ser juzgado. Para él, ese mar que veía desde ventana de clase representaba todo eso.

Esa tarde, después del colegio, salió a caminar solo por un campo hasta llegar a un prado con vistas al mar. Se sentó en la orilla y siguió dándole vueltas a estas ideas. Enzo se dio cuenta de que ya era tarde y decidió irse a casa. De camino a casa seguía pensando tanto en estos asuntos que imaginó una película en su cabeza: se imaginó ese mismo prado, pero en él no había nadie, era casi perfecto. En su película Enzo siguió caminando y, mientras tanto, otros niños y niñas se le unían en su paseo, como si todos quisieran escapar del mismo sitio. Cada niño llevaba un objeto que le representaba o a algunas de sus aficiones: Enzo llevaba un precioso tambor, una niña llevaba una careta de lobo, otro chico pelirrojo, pálido y con pecas, tenía atado al cuello un pañuelo rojo, como los vaqueros del Oeste… En su mente, cada uno se unía a Enzo porque también estaban hartos del colegio, de la casa o de sentirse controlados.

Imaginó Enzo que todos cruzaban prados y caminos de tierra. Algunos chicos reían, otros iban en silencio, pero ninguno se quedaba atrás, como si hubiera algo que les guiase, como si tuvieran un objetivo que aún desconocían. Sentían que cuanto más caminaban, más lejos se encontraban de la normalidad de sus vidas.

Finalmente, en la película mental de Enzo, todos llegaron a una colina muy alta. Desde allí se divisaba todo pequeñito: las casas, las calles y, bajo el abismo, el inmenso mar. Los niños comenzaron a correr y a empujarse jugando. Enzo sentía que por fin estaba en el lugar que siempre había anhelado, en el que nadie podría decirles que pararan.

Entonces la colina dejó de ser solo una montaña. En su imaginación se transformó en el límite entre su vida real y la vida deseada. Se acercó al borde del abismo y miró hacia abajo. Sus amigos hicieron lo mismo. No tenían miedo.

Saltaron uno a uno. Pero no caían por el precipicio sino que flotaban, volaban como pájaros majestuosos. Era su forma de escapar: esta película, esta fantasía, aunque supiera que no era real.

De pronto, Enzo despertó del sueño. Todo desapareció: campos, niños, colinas, acantilados. Solo quedó el quieto con el corazón latiendo rápido, muy rápido.

No sabía si algún día conseguiría esa libertad o si todo se quedaría en un sueño. Caminó de regreso hacia su casa sin decir nada, pero, antes de entrar en ella, volvió a ver el mar de su sueño. Y, mientras lo miraba, pensó que quizá ese lugar podría estar fuera… O tal vez tendría que aprender a encontrarlo por sí mismo.

4º ESO

Siles, 25-26

 

      

NINGUNO QUIERE QUEDARSE ATRÁS. NINGUNO QUIERO IR SOLO

Hugo Ortega

Cuando vi el vídeo de Glósoli del grupo islandés Sigur Ros, lo primero que pensé fue que era raro. Desde el principio vemos a un niño caminando solo por el campo mientras toca un tambor. No se explica quién es ni a dónde va. Poco a poco, otros niños y niñas se le van uniendo y empiezan a caminar todos juntos. No hablan entre ellos, pero parece que saben que tienen que seguir el mismo camino.

El lugar en el que se encuentran me llamó mucho la atención porque era un espacio natural muy grande y tranquilo, con campos y colinas. No había personas adultas y poquísimas casas. A mí me dio la sensación de que estaban solos, como si no existiera nadie más en ese mundo. Todo parece un poco extraño, como si fuera un sueño o algo así. La historia que nos relata el vídeo transcurre muy despacio y eso te transmite calma y sosiego, pero también algo de confusión. Así son los sueños, creo.

Durante casi todo el vídeo los niños solo caminan. No hacen nada especial y no ocurre nada que sea muy claro. A veces parece que no está pasando nada, pero, al mismo tiempo, se siente que van hacia algún lugar importante. Yo no comprendí bien a dónde se dirigían ni por qué y eso me hizo pensar mientras lo veía. La música comenzaba muy suave y tranquila, por lo que el videoclip me resultó relajante, aunque también sembró dudas en mi mente.

A medida que van caminando, se van uniendo más niñas y niños al grupo. Nadie se separa y todos caminan juntos. Me dio la sensación de que confiaban unos en otros, aunque no se conocieran. Ninguno quiere quedarse atrás y ninguno quiere ir solo. Yo pensé que quizá esta historia nos quiere mostrar que es mejor avanzar acompañado que solo, aunque no estoy seguro.

Cuando el videoclip está llegando al final, todos los niños llegar a un lugar muy elevado: un acantilado alto desde el que se contemplaba el mar, como un abismo azul. En ese momento, la música cambia y se vuelve mucho más fuerte y contundente. Los niños comienzan a correr todos juntos. Eso me hizo sentir un poco nervioso porque no sabía qué iba a ocurrir. De repente, todos saltan el acantilado al mismo tiempo.

Aunque este final puede parecer triste o peligroso, yo no lo sentí así. Para mí fue más una sensación de libertad, como si los chicos no tuvieran miedo a nada y se dejaran llevar por el viento, como los pájaros. El hecho de que saltasen todos juntos hizo que reflexionara sobre que lo importante para ellos era estar unidos hasta el final, pasase lo que pasase.

En general, el vídeo no es fácil de entender, es ambiguo y no tiene una historia clara ni un final cerrado. A mí me pareció diferente a otros vídeos musicales que suelo ver. Aun así, me provocó muchas sensaciones: calma, unión y un poco de misterio. Aunque no entendí todo, me pareció interesante porque te hace pensar y sentir cosas sin explicarlas del todo, dejando que cada cual las interprete a su manera. Por eso creo que es un buen vídeo para comentar y analizar en clase.

   

EL ECO DEL TAMBOR

Estaba amaneciendo cuando Anna oyó el tambor por primera vez. El sonido profundo retumbó en las paredes de la cueva donde ella reposaba, adormilada. Unos palos carbonizados yacían a sus pies, un intento fallido de iniciar un fuego para combatir al despiadado frío. El olor a humo llenaba la cueva, pero no fue eso lo que despertó a Anna. Tampoco fueron sus dedos congelado, ni su espalda dolorida por estar tumbada en el suelo de piedra. Lo que la llevó a levantarse fue aquel sonido, desconcertante y consolador a la vez. Anna se puso de pie lentamente, aprensiva, con el corazón desbocado. Las piernas le temblaban, pero estaba segura de si se debía al frío o al miedo que se estaba apoderando de ella. El sonido del tambor se volvió a escuchar, esta vez más cerca.

Anna frunció el ceño ¿Quién estaría lo bastante loco para alejarse tanto del pueblo? Era verdad que ella lo había hecho, pero tenía sus razones.

Anna agarró su máscara de zorro -un regalo de su abuela- y avanzó lentamente hacia la boca de la cueva. El miedo aún le apretaba el pecho, pero la curiosidad la empujó hasta que se encontró fuera de su escondite. El aire congelado le golpeó el rostro, y Anna sitió cómo le empezaban a arder las orejas. Sus ojos inquietos tardaron unos segundos en adaptarse al mar de luz que inundaba sus sentidos. Fue entonces cuando Anna se dio cuenta de que había nevado durante la noche.

Los árboles del bosque que se extendía delante de ella tenían las esbeltas ramas manchadas de blanco, y una gruesa capa de nieve cubría el suelo. El cielo era de un azul brillante, sereno y sin nubes. Los reflejos del sol bailaban en la nieve, que relucía como si estuvieran incrustados en ella pequeños diamantes. El bosque parecía sacado de un cuento de hadas. Anna, deslumbrada ante la vista, dio un paso al frente casi inconscientemente, pero se detuvo al darse cuenta de que no estaba sola. Un niño estaba de pie en el claro del bosque, mirándola fijamente. Era pálido como la nieve, con el pelo rizado y ojos claros. Ojos que en ese instante observaban a Anna con curiosidad.

El niño llevaba un tambor en la mano. Era un instrumento precioso, de un marrón suave con detalles dorados. Tenía pinta de pesar mucho, pero el niño lo sujetaba como si estuviera hecho de plumas. A Anna le dio la sensación de que se había parado el tiempo. Pasaron unos segundos en silencio, hasta que el niño levantó la mano y volvió a hacer sonar el tambor. El sonido profundo llenó el bosque, un eco anhelante que hizo que se le erizaran los pelos a Anna. Se acercó lentamente, curiosa una vez más. Entonces el niño le sonrió, y Anna supo que lo seguiría hasta el fin del mundo.

Noche y día caminaron, el sonido del tambor siempre marcando sus pasos. Más y más niños se les unían: altos y bajos, rubios y morenos. Siguieron avanzando hasta que llegaron a unos acantilados rocosos que daban al mar. A lo lejos una pequeña isla era visible, una m ancha marrón rodeada de azul casi negro. Al llegar al borde del acantilado, el niño rubio dejó de tocar el tambor. Se giró para contemplar al resto de los niños, sus ojos azules llenos de vida. Anna contuvo el aliento. El niño colocó el tambor en el suelo con cuidado. Sus rizos bailaban con el viento mientras se volvió para mirar las olas desde el acantilado una última vez. Saltó al vacío. Y, a pesar de todo, voló.

Clara Herreros García



SOL BRILLANTE

Ángela García Aguirre

Pasó mucho tiempo de soledad frente al mar hasta que el pequeño tamborilero se levantó, decidido, y comenzó a andar, movido por ese repiqueteo que sonaba en su cabeza con un ritmo constante y abrumador.

Mientras avanzaba siguiendo ese sonido, a su alrededor la naturaleza parecía encogerse. Las colinas escarpadas, la hierba alta, las rocas puntiagudas y la niebla que le rodeaba le permitían encontrar entres sus escondites a numerosos chicos y chicas que, como él, eran movidos por la melodía, siguiendo los pasos del tamborilero, sin ni siquiera dudar por un momento de lo que estaban haciendo. Los niños, que parecían totalmente adaptados y camuflados con su entorno, caminaron junto al muchacho.

No importaba el origen, la apariencia o el comportamiento de los chicos. Todos andaban esperando ser guiados hacia un nuevo hogar exótico y agradable.

Al comienzo de toda esta loca expedición, el tamborilero había mirado a su alrededor, sintiendo aún esa sensación de vacío y soledad. Tan pronto como divisó a algunas de las chicas, se percató de que ellas, al igual que nuestro protagonista, oían la melodía y estaban dispuestas a emprender la misma aventura.

Durante el tiempo que compartieron juntos aprendieron sobre la amistad, el compañerismo e, incluso, el amor.

Cruzaron largos caminos, valles y llanuras hasta que, finalmente, llegaron a una carretera que desprendía la sensación de no haber conocido ningún rasgo de humanidad en mucho tiempo. El terreno era rocoso y oscuro, generaba un ambiente de misterio y expectación, como si la tierra y las verdes montañas supieran que algo extraño estaba a punto de suceder, pero no pudieran decir con exactitud de qué se trataba. Lo que tenían seguro es que el pequeño tamborilero y el séquito de niños extravagantes y diversos que lo acompañaban tenía algo que ver con su premonición.

Las chicas y los chicos lograron atravesar una zona roca e inmensa: las piedras eran de tonos azules y verdes, lo que creaba un ambiente remoto y acogedor. Entre las rocas irregulares, llenas de grietas, salientes y sombras, decidieron pasar la noche junto a un pequeño que dormía entre ellas.

Cuando el sol se alzó al día siguiente, retomaron su camino entre las montañas. Al ver un gran acantilado, el tamborilero frenó en seco y, después de un silencio que se podía morder, comenzó a marcar un ritmo rápido y constante con su tambor.

La música pronto cesó y el grupo de aventureros salió corriendo en dirección al abismo, saltando sin miedo por encima del mar, alcanzando a las aves y convirtiéndose casi en una más de ellas para volar lejos.


 

 

 

 

martes, 16 de junio de 2026

Caligramas con mucho arte e imaginación

 El alumnado de la profesora Dª. Antonia Martínez Torres ha presentado una serie de poemas insertos en dibujos (lo que viene siendo un caligrama) que mostramos a todos aquellos que deambulan por Internet en busca de estos destellos de ingenio, sencillez y delicadeza.

Bravo por estos poetas y estas poetisas. Corren tiempos no muy afines a la lírica, pero siempre hay excepciones que pueden derribar este supuesto axioma, tan negativo.

Clicad en cada imagen para poder degustar su contenido.

 
















 

 

sábado, 21 de febrero de 2026

lunes, 24 de noviembre de 2025

LI certamen literario María Agustina

 Bienvenidos y bienvenidas un año más a este blog que, aparte de ofreceros información de los concursos literarios que nos llegan al instituto, pretende ser también un altavoz para aquellos trabajos que se cuecen en las aulas y en las clases, dentro del ámbito de nuestro departamento.

Comenzamos el curso con esta convocatoria, ya tradicional, que nos viene desde Lorca (Murcia).